María Luisa Bacarlett Pérez
Universidad Autónoma del Estado de México, México
Profesora-investigadora de tiempo completo
Doctora en filosofía de la ciencia por la Universidad Autónoma Metropolitana. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Ha publicado Friedrich Nietzsche: La vida, el cuerpo, la enfermedad (2006) y Georges Canguilhem: Una filosofía de lo biológicamente posible (2009).
Ángeles María del Rosario Pérez Bernal
Universidad Autónoma del Estado de México, México
Profesora-investigadora
Doctora en estudios latinoamericanos por la UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Ha publicado Borges y los arquetipos (2004) y Los intertextos nórdico y dantesco en «Ulrica» de Jorge Luis Borges (2009).
Abstract
Lo dionisiaco, la zoe y lo larvario: Una lectura biopolítica
A partir de los planteamientos expuestos por Friedrich Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, se pretende hacer énfasis en lo dionisiaco como aquella experiencia o instinto que permite el desdibujamiento de los límites del individuo, por ende, su fusión con aquello que Nietzsche llama lo «uno-primodial» y que sería precisamente el fondo indiferenciado y monstruoso (en el sentido alemán de ungeheuerlich; es decir, lo inmenso, lo que se desborda) a partir del cual surge toda diferencia, individuo o singularidad. Fondo que en no pocas ocasiones Nietzsche identifica con la vida. De hecho, en los argumentos nietzscheanos se dibuja cierta nostalgia romántica, cierto anhelo de fusión con el uno-todo, con el universo o la vida sin más, de lo cual hemos sido separados después de un doloroso proceso de individuación. Esta posibilidad de vuelta a lo indiferenciado –a través de la experiencia dionisiaca, de la locura o la embriaguez–, en tal suspensión de lo apolíneo como dador de forma y límites, el individuo parece evaporarse al integrarse en el todo de la vida. Pero es precisamente esta integración en el uno-todo, en lo indiferenciado, lo que parece retribuir al ser su potencia de poder devenir cualquier cosa: sin pasar el umbral apolíneo de la forma dada y los límites establecidos, en tal estado de indiferenciación se deviene pura potencia, pura virtualidad de asumir cualquier forma posible.
En este talante, lo dionisiaco toma los contornos de aquello que Agamben llama la zoe o vida
nuda, vida que sin pertenecer a algún sujeto, sin adjetivos ni especificaciones particulares, permanece como el fondo virtual que, sin concretarse en una forma dada, permanece como potencia de devenir cualquier cosa. Tal concepción de la vida, como pura potencia, ajena a un sujeto en particular, abierta a devenir sin comprometerse con una forma dada, también se relaciona con aquello que Deleuze llama «lo larvario», y que sería precisamente el estado en el cual la vida, indiferenciada y carente de límites, se expresa virtualmente en todas sus posibilidades, sin concretarse en una forma preestablecida.
En el fondo, tales elementos –lo dionisiaco, la zoe y lo larvario– nos hablan de una concepción de la vida que se resiste a los planteamientos científicos y políticos que han pretendido objetivarla en definiciones y parámetros finitos; el vitalismo nietzscheano se expresa, en este sentido, como afirmación del carácter dionisiaco de la vida; es decir, monstruoso y carente de límites, en donde la pérdida de la individuación y la subjetividad nos muestran el terreno en que la vida se perfila como «pura potencia», como pura «fuerza larvaria» dispuesta a tomar cualquier forma, a partir de la cual las diversas formas de vida particulares –la del ser humano, la del ciudadano, la del filósofo– son posibles. En suma, el vitalismo nietzscheano, y con él el concepto agambiano de zōē y el concepto deleuziano de lo larvario, son una forma de argumentación «anti-biopolítica», donde la vida se convierte en aquello que a pesar de todos los dispositivos biopolíticos puestos a punto, siempre irá más allá de lo que la ciencia y el poder puedan decir y acotar de ella.