Rodrigo Frías
Universidad Finis Terrae, Chile
Profesor asociado
Doctor en filosofía, Pontificia Universidad Católica de Chile. Magíster en bioética, Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, Italia. Profesor invitado en la escuela de posgrado de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.
Abstract
Nietzsche y el fascismo
Desde la más temprana recepción de la obra de Nietzsche se ha discutido acerca del lugar que la política ocuparía en su pensamiento y, más en concreto, del grado en que su pensamiento habría favorecido el desarrollo de determinadas opciones políticas más o menos específicas. El problema verdaderamente decisivo acerca del significado político del pensamiento de Nietzsche, sin embargo, no es tanto si existe tal significado (cosa que realmente ya nadie desconoce) sino, más bien, cuál sea su exacta significación e importancia. Es decir, tanto la cuestión de qué lugar ocupa realmente la política en su pensamiento (en sus distintas etapas), y en el caso de que se le reconozca una importancia decisiva, qué es propiamente lo que Nietzsche entiende por política en cada caso. En especial en lo que se refiere a su concepto de la «gran política», con el que nombra, en su última etapa, aquel movimiento de afirmación de la vida en el que resultan superados tanto los tradicionales sujetos de la política (los intereses del poder dinástico o nacionalistas, encarnados en la figura de Bismarck) como el concepto mismo de política (lucha entre pueblos/lucha entre estamentos). Pues ahora se trata, más bien, de una «guerra» entre «ascenso y declive de la vida», entre «voluntad de vida y sed de venganza contra la vida», y no entre pueblos o estamentos; es decir, de aquella «guerra» «que se introduce a través de todos estos azares absurdos que son el pueblo, la clase, la raza, la profesión, la educación, la
formación» (fragmento póstumo, de diciembre de 1888, que lleva por título justamente «La gran política»).
El problema de la relación entre Nietzsche y el fascismo que aquí me interesa tratar, en consecuencia, no resulta satisfactoriamente abordado si nos limitamos a hacer de él o un antifascista (Bataille) o un protofascista (Baumler, Rosenberg) –aun cuando haya buenas razones para afirmar, con Leo Strauss, que existe un «innegable parentesco entre su pensamiento y el fascismo»–, simplemente porque, en ambos casos, la argumentación se sostiene en aquel concepto «clásico» de política que Nietzsche justamente da por superado. Más fructífero resultaría, en cambio, repensar el fenómeno del fascismo desde las categorías biopolíticas introducidas por Agamben y Esposito –que en mi opinión siguen, más allá de Foucault, los desarrollos de Heidegger sobre la esencia de la técnica– y preguntarnos, desde allí, en qué sentido y grado el pensamiento de Nietzsche (especialmente aquel sobre la «gran política») sí se integraría en aquella forma de «política sobre la vida» en la que se consumaría la metafísica occidental.
Pienso, en efecto, que no sólo es posible afirmar que en Nietzsche conviven ambas posibilidades de la biopolítica (sobre la vida y de la vida) sino, sobre todo, que es posible mostrar que en él terminaría por predominar, en última instancia, aquella biopolítica negativa sobre la vida de tipo inmunitaria que, al consumar la filosofía, invirtiéndola plenamente, la transforma en la más radical forma de «praxis disciplinante» de lo vivo (dentro del cual se incluiría, en primer lugar, su proyecto de animalización del hombre).